Mudando la piel es una novela musical. Diecisiete temas que cuentan una sola historia. La novela por entregas que contiene este blog cuenta la misma historia pero profundizando un poco más. Cada semana añadiremos el capítulo correspondiente. Cuando finalice la primera parte, comenzaremos con la segunda en otra entrada, para que sea más fácil seguir la historia. En cuanto al álbum, estará listo el año que viene.
Si te apetece escuchar el primer tema, pincha en un retrato.

martes, 1 de septiembre de 2015

PRIMERA PARTE


(0)   EL SUEÑO DE ÍNDIG

Mi amiga Indignación… Acaba de marcharse. Me pregunta: «¿Por qué no cuentas mi historia?». Yo me quedo embobado. «A qué viene eso», pienso, y ella me suelta (como si me hubiera leído el pensamiento): «El otro día me dijiste que ibas a escribir sobre mí; que lo que decía te parecía interesante; que te preparara unos apuntes; y aquí están ―me los muestra―; ¿los quieres?; ¿vas a hacerlo?; ¿has cambiado de opinión?».
Y le respondo que ahora ando muy liado con la reforma pero… «¿Pero qué?… Podrías escribir una página cada semana y publicarla en el periódico. Eso no te quitará mucho tiempo. Me hace tanta ilusión…»
Recuerdo entonces que no tiene ordenador ni móvil inteligente ni ipad ni nada: que es una analfabeta digital. Y sin embargo va sobrada de inteligencia. Si no la conociera bien, podría pensar que su analfabetismo es intencionado. Pero ella me lo cuenta todo. Vaya, creo que es intencionado. Como lleva años sobreviviendo, te dices: «No tiene tiempo y cuando lo tiene no tiene ganas». Como tantos otros… Mas no. Porque es diligente, no para nunca, siempre está haciendo algo.
Un mediodía del invierno pasado, Índig llegó casi corriendo. «Vengo a por el libro.» Se traga todo lo que escribo y siempre se queda encantada. Solo lee en papel. Una amiga le imprime mis escritos digitales. Antes, cuando no la conocía, le cobraba los libros; de eso ya hace mucho; ahora le regalo los míos y le presto los que me gustan.
«Lo de publicar tus cosas en el periódico…»
«Te aseguro que es pertinente.»
«…»
«Joder, Salvi, sabes que me paso la vida en mi particular Barricada Cultural analógica.»
Eso es cierto. Con todas sus connotaciones. Le digo que lo voy a hacer y entonces me entrega sus apuntes. Mi amiga Indignación acaba de marcharse y aún siento su presencia. «Llámame Índig para poder tildar la primera “i”, que así queda más chulo. En esas notas ―y las señala― solo he puesto cosas íntimas, pensamientos, tonterías que se me ocurren; el lunes empezaré a contar mi día a día. Yo lo voy a decir todo, pero ya veremos si tú te atreves a publicarlo…»
Sonrío. Me lee tan poca gente… Un momento… Índig está algo rara. Creo que trama algo. ¿Qué puede ser? Se me ocurre una sola cosa: piensa que su vida cambiará mágicamente cuando yo la moldee.
Quién sabe…



(1)   ÍNDIG EN PRIMERA PERSONA

Sobreviviendo… Estoy sobreviviendo. Llevo años sobreviviendo. ¿Qué es sobrevivir? Me voy corriendo a por el diccionario. Aquí está, me corresponde la segunda acepción: «Vivir con escasos medios o en condiciones adversas». Algo relativo, porque… ¿y si también se trata de una suerte intencionada?
Otra cosa: con lo de mi nombre te has quedado corto: no has dicho lo de Indi (que no me gusta, pues parece indio o independiente); y tampoco le has sacado partido a su autenticidad. Es posible que hoy hayan más Indignaciones, los indignados están de moda y seguro que alguna pareja tiene una hijita que se llama como yo. Pero a mí me lo pusieron mis padres en tiempos de Franco, y eso ¡se menciona, hombre!
Sigamos: quiero ser una primera persona: quiero contar yo mi historia: no quiero que la cuentes tú. Moldéala si acaso, pero no añadas ni quites nada. Mi vida no va a cambiar y sería estúpido falsearla.
Es todo lo que tenía que decirte (respecto al primer capítulo). Empecemos pues…
Vendo libros, revistas y cómics en los Rastros de Teulada, Pedreguer, Polop, Jalón, Denia, Jávea y Calpe. Nuevos, usados, antiguos, raros… De todo. Llego con mi vieja furgoneta, monto el puesto, enciendo un pitillo (con o sin mezcla) y contemplo a la gente.
La gente…
Me apasiona la gente. Todos tienen algo. Hasta el más insignificante. Los miro. A los ojos. Con insistencia. Desde mi sillón plegable de playa. Ellos saben que yo estoy en mi casa. Sus ojos habladores me lo dicen. Cómo hablan esos ojos… Pupilas escrupulosas, expeditivas, escurridizas. La mirada del espectador ocasional.
Burgueses.
O rebeldes.
El montón aburguesado me hace gracia, pero los rebeldes me fascinan. Ayer conocí a una y no consigo sacármela de la cabeza. Como si me hubiera embrujado. Estoy segura de que volveré a verla. Aunque no dijo nada al respecto, sé que desprecia al rebaño. Es impasible, cerebral, distante.
Y se llevó la novela que le aconsejé, Donde la brisa te habla, la ópera prima de un autor desconocido.



(2)   LA AMIGA DE ÍNDIG

Entra, me mira y arroja el libro azul sobre el mostrador. Sonríe sin sonreír. No me quita los ojos de encima. Pienso en los ojos habladores de Índig. Aunque estos no se limitan a hablar: se te meten dentro. Y entonces, antes de levantarme, la reconozco sin conocerla.
Impasible, cerebral, distante.
Suenan los Cien años de Prolýmbux y mi lectora se deja envolver por una música que ya ha hecho suya. Baila sin bailar. Sin moverse. Vale, sí se mueve, lo estoy viendo, pero nadie más lo advierte: estamos a veintitantos de julio, son las siete de la tarde y la avenida es un río de gente que mira y remira sin reparar en un baile que ella baila para sí misma.
«Un viejo libro que se agota, una portada irrecuperable, la historia que no morirá», me oigo decir.
«¿Me lo dedicas para mi colección de novelas dedicadas?»
«¿Tienes muchas?»
«Ninguna: esta será la primera ―Gira la cabeza―. Ya veo que has escrito más…»
«Sí… Me he enviciado. Sin corromperme. Tercera acepción. Soy un adicto a la palabra escrita, un yonqui retórico. O, al menos, lo intento. ―Abro la Brisa―. ¿Cómo te llamas?»
«¿Y tú me lo preguntas?: sabes de sobra que aún no tengo nombre.»
No sé cuánto tiempo tardo en replicar:
«¿Qué quieres decir?»
«Bah, Salvi, no juegues conmigo… Ten en cuenta que soy un personaje recién nacido, inseguro, frágil.»
Pongo cara de palo y le suelto:
«Pues a mí me pareces impasible, cerebral, distante.»
«Por fuera: por dentro estoy temblando de miedo.»
«¿Miedo? ¿De qué?»
«De que te canses de mí, de no pasar de personaje secundario, de morir.»
«Qué disparate… Además, si fueras un personaje, no serías consciente de tu condición.»
«Si fuera un personaje normal, no; pero soy especial; incluso sé que hay más como yo, aunque todavía no les has dado la libertad.»
«¿Cómo?»
«Que no has publicado sus historias, que los tienes presos en un original relleno de correcciones y en el disco duro de tu ordenador.»
Ahora sí. Me ha cogido bien. De esta no me escapo. Y de Índig mejor no hablar. Ella se muerde su impasible labio. Me dedica una mirada cerebral. Y posa su distante mano sobre la mía.
«¿Me bautizas?»
«¿Tecleando al azar?»
Asiente y tomo asiento. Pulso tres teclas y me salen tres consonantes. Elimino la del medio y dejo caer el anular de mi mano izquierda. Vuelvo con ella y articulo:
«Deg.»
«Deg… ―Acerca su cara a la mía y, cuando espiro, me roba veintiún gramos de aliento―. Me gusta. Me gusta mucho. ¿Seré protagonista?»
Sonrío. Quién sabe…



(3) LA RÉPLICA DE ÍNDIG

Deg era mía. Yo la descubrí. Eres un falso, Salvi. «Me gusta lo que cuentas», me dices, y luego te enredas con Deg. Y la muy zorra provocando. «¿Seré protagonista, seré protagonista?» Pero ya la pillaré…
Tú, Salvi, tal vez pensabas que podías manejarme a tu antojo, quizá aún piensas que soy una simple marioneta, un personaje más. Pues no: soy un personaje consciente de su condición, un ente capaz de evolucionar por sí mismo, la protagonista que no mereces.
¿Qué vas a hacer ahora, Salvi querido? ¿Me vas a eliminar? ¿Vas a llamar al periódico para decir que no publiquen esto? De verdad que me dan ganas de cambiar todas tus contraseñas. Para fastidiarte un poco. Por veleta. Por dejarte seducir por una secundaria. También podría escibir algunas cartas. A tus amigos. A tus enemigos. Puedo hacerte tanto daño… Esa es la palabra clave: «puedo». Porque de alguna manera vivo en tu ordenador y lo manejo a mi antojo.
Sin embargo, todo el mundo merece una segunda oportunidad (babosos incluidos). Y te la voy a dar. Mira, ya casi soy la jefa. ¿Te imaginas? ‛El sueño de Salvi’, la ópera prima de Índig. ¿No te apetece, por una vez, ser personaje? Las cosas son más excitantes aquí. Al menos eso dicen. ¿Tú también lo crees?
En fin, vayamos al grano: ¿intentarás eliminarme, cobarde-cobardón? Si no lo haces, me portaré bien. Pero si empiezas, lo notaré y me voy a revolver como una gata acorralada. Y antes de desaparecer te voy a sacar los ojos, cobardica. Juega limpio, Salvi, no seas ruin, respeta mi oportunidad, tú me la diste, no me la quites así…
Ya me he quedado tranquila. Con este calor no conviene sofocarse. Estamos en la última semana de julio y la ola de calor le ha tomado cariño a la Península. Y eso es malo, pues los turistas compran menos. Este mes de julio está siendo el peor de toda mi carrera mercadillera. Ya sueño con septiembre. Playa semivacía, agua cristalina y fresca, espacio. Ahora da asco. Nuestra pobre costa. Cuánta gente… Apiñados como focas. Y el agua parece caldo. Sustancia tiene, desde luego, con todos esos potingues que se untan…
No diré nada más de estos turistas que me dan de comer. Mejor salgo a la terraza a leer. A esperar la reacción de Salvi. Que no debería producirse. «…» Estos puntos entre comillas indican que me he quedado pensativa un buen rato. Pero de esos pensamientos hablaré en mi próximo capítulo… 



(4) DEG

Tú querrás saber cómo es esto. Cómo es mi mundo novelado. Yo sé cómo es el tuyo porque vengo de él. Provengo de la atornillada mente de una autor que se ha olvidado de mí. Y se ha olvidado queriendo. Ha dejado la historia en mis manos, y supongo que también en las manos de Índig. Dos personajes pérdidos en una historia vacía. Tú, probablemente, querrás saber cómo es este mundo vacío y yo te lo voy a contar.
Tenemos música, pero siempre suena lo mismo: Prolýmbux. Tenemos cotidianidad, pero siempre es la misma. Tenemos vida, pero es la nuestra una vida limitada, restringida, estancada. Apenas tenemos pasado, apenas tenemos personalidad, apenas tenemos sueños. Acabamos de nacer, personajes recién nacidos que han sido abandonados a su suerte.
Tú querrás conocer el porqué. Y yo te lo revelo con dos palabras: está experimentando. P.L. se ha olvidado de sí mismo para olvidarse de nosotras. Y por eso he de escribir yo por él. Deg. Un personaje secundario. Una mujer que sonríe sin sonreír. Impasible, cerebral, distante. Una lectora que se deja envolver por una música que ya ha hecho suya. La chica que baila sin bailar. El imperturbable personaje que por dentro tiembla de miedo.
Así soy. Ni siquiera tengo edad. Ni siquiera sé si trabajo. Ni siquiera sé dónde vivo. Ni siquiera sé si tengo familia. Y así me siento. Vacía. Vacía en un mundo vacío. Mi días son todos iguales: paseo por un rastro, compro un libro y lo leo. Pero lo peor de todo es que no tengo noches. Ni siquiera sé cómo es una noche. Puedo imaginármela, pero aún no he vivido ninguna.
Sin embargo, ahora, al convertirme en primera persona, puedo trazar mi destino, puedo crecer como personaje, puedo empezar a vivir. Puedo. Esa es la palabra clave: «puedo». Aunque en otro contexto, ya lo dijo Índig, y, ciertamente, en estas circunstancias, en nuestras circunstancias, evolucionamos o morimos.
Empiezo a sentirme fuerte. Libre. No soy tuya, Índig: no soy de nadie. Solo eso te digo. Ocúpate de lo tuyo. El «¿seré protagonista?» que le solté a Salvi era un «¿sere protagonista?» inocente, el «¿sere protagonista?» de una Deg recién nacida y no ese «¿sere protagonista?» de zorra provocadora que tú quisiste leer. Todavía no sé qué soy, pero sí sé que no soy una zorra provocadora.
Disfrutemos de una pausa. Cierro los ojos, respiro hondo, me concentro. «¿Quién soy?», me pregunto, y la respuesta no se hace esperar: una chica de dieciocho años que está de vacaciones con su odiosa familia. Los padres y un hermano. ¿Que por qué son odiosos? Casi por todo, pero eso os lo contaré la próxima semana...



(5) La desaparición de Índig

 Yo no sé de dónde he salido. Me parezco tan poco a mis padres… Tampoco tengo nada en común con mi hermano. Ellos lo saben desde siempre, desde que era una cría de pecho que nunca lloraba. «Los muertos hacen más ruido», le decía mi madre a mi padre. Siguen hablando de ello, de lo rara que soy. «Rara de nacimiento», silabea mi padre antes de soltar la carcajada.
Tranquila, contemplativa, solitaria: así era yo de pequeña. Impasible, cerebral, distante: así soy de mayor. Una sombra molesta para una familia ruidosa y superficial. No estamos bien juntos, nunca estuvimos bien juntos, nunca estaremos bien juntos. Y, aunque sospechan que ya urdo mi plan de fuga, siguen atándome corto, para fastidiarme, qué otro porqué puede haber: el veintiocho de septiembre seré mayor de edad y estamos a mediados de agosto.
Mi padre es un necio. Debió de nacer con cretinismo crónico incurable. O tal vez se lo contagió mi abuelo. El aspecto más insoportable del cretinismo es la soberbia; el cretino se cree talentoso; piensa que es brillante; se regodea en su supuesta sabiduria; y está convencido de la mediocridad de todos los que no son como él.
Mi madre es mimética. Por dentro y por fuera. Ha adoptado la apariencia de mi padre y también su personalidad. Mi hermano (once añitos) es mimético. Por dentro y por fuera. Ha adoptado la apariencia de mi padre y también su personalidad. Mi padre, mi madre y mi hermano son uno y trino. Y para ellos, yo soy una diablesa, un ángel rebelde, la hija caída.
Me tratan como si fuera una inconsciente. Todo lo hago mal. No sirvo para nada. No les gusta mi estilo culinario; reprueban mi estilo culinario; detestan mi estilo culinario. Se ríen de mi estilo de vida, lo desprecian, no entienden el vegetarianismo ni el deporte y menos aún el humanismo. Soy una carga, un ser desvalido, una pobre chica: pero siguen atándome corto.
«Por tu bien.»
Qué sola estoy… Voy con ellos a la playa y, en cuanto puedo, me escapo. Me siento menos sola cuando estoy sola entre los veraneantes. Y eso que no me ven. Me miran pero no me ven. Como si fuera transparente. Es duro. Así debe sentirse el famoso Cero a la Izquierda. Bueno, sí, estoy acostumbrada, ya casi no me afecta, la inercia de tantos años siendo así, no siendo nada, la chica invisible.
He hecho una copia de la llave del apartamento y a veces me voy allí a leer hasta que vuelven. Cuando les oigo entrar, me escondo. Y, mientras se duchan, me deslizo hasta la puerta, salgo y toco el timbre. Siempre se enfadan. Gritan. Me gritan. Hasta mi hermano me grita. Son gritones. Yo me pongo seria por fuera; por dentro, no. 
¡Qué sola estoy! Lo pienso, sobre todo, cuando estoy con mi familia. Pero ya queda poco. La cuenta atrás ha empezado. Un mes y me voy. Tendré que buscar trabajo. Y alquilar un piso barato. En esta España resquebrajada. Si al menos tuviera novio. Un novio que aportara algo, claro. Hay un chico que me gusta. La próxima vez que le vea, pienso invitarle a una limonada casera.
«Qué sola estoy.» Podría quedarme en Calpe. Y buscar a Índig. Ha desaparecido, no sé por qué, y estoy preocupada. Imagino que seguirá de Rastro en Rastro, como siempre. Y mañana, miércoles, montan el Rastro de Calpe. Decidido: tengo el plan semanal:
1º) Trabar amistad con Índig.
2º) Trabar amistad con ‛el chico’.
3º) Trabar amistad con alguien que pueda darme trabajo.



(6) El presentimiento de Índig

Índig sí me vio llegar. Y ahora me ve llegar con unos ojos que no conocía. Está tan seria… No parece ella. Algo le pasa. Apoyo los muslos en su puesto y le sonrío. Algo turbada por su talante, escondo mis manos en los bolsillos traseros del pantalón.
«¿Qué tal estás? Vengo a por otro libro.»
«¿Del mismo autor?»
«Sí… La ‛Brisa’ me gustó. Y me la ha dedicado, ¿sabes?»
«¿Cómo no voy a saberlo, cariño?», me suelta con retintín.
«Oye, ¿estás enfadada por algo?, ¿por qué fui a verle?, a mí no me interesa ese hombre, o mejor dicho, solo me interesa como autor.»
«Claro…», y se ríe cáusticamente.
«La verdad, Índig, no sé qué te pasa… Pensaba que te había caído bien, que podríamos ser amigas.»
«No me fastidies, Deg: si somos personajes… y ni siquiera eso porque aún no nos han perfilado.»
«¿Cómo personajes?»
«Va, no me vengas con esas… ¿A qué estás jugando?»
«A ti te pasa algo.»
«¡A ti ―me grita― te pasa algo! ―Me mira con desprecio―: Eres una invención mía, yo te concebí, un personaje secundario que ahora se cree importante.»
«No entiendo nada, Índig, pero no me gusta que me hables así.»
«Vamos a ver, Deg querida: ¿de qué me conoces?»
«Qué pregunta tan tonta… Nos conocimos aquí mismo hace un par de semanas. Si acabamos de hablarlo: te compré un libro y…»
«Sí, Deg, un libro de P.L., el autor que en este momento escribe esta historia que estamos viviendo.»
«Tú necesitas ayuda…»
«¿Psiquiátrica?»
«Tal vez, no lo sé. ¿Te había pasado antes?»
«¿Pasado? ¿El qué?»
«Pues eso, creerte personaje, delirar…»
«Mira, bonita, ¿por qué no te vas con Salvi y me dejas en paz?»
«Muy graciosa… No recuerdo haber mencionado mi apellido…»
«¿Qué apellido?»
«De Salvi: me llamo Deg de Salvi.»
«Desde luego, qué bien te haces la tonta…»
«Todo esto es muy raro. Me caíste tan bien el otro día…»
«Sí, sí, lo que tú digas, pero ahora lárgate, que no quiero compartir historia contigo.»
Me quedo unos segundos mirándola. Quisiera ayudarla, pero no sé cómo. Loca no parece, solo trastornada, y quizás ella es así, un poco lunática, quién sabe, como apenas nos conocemos… Índig achica los ojos como si de repente hubiera presentido algo, y, sin dejar de mirarme, dice como para sí:
«¿Será esa la clave? ¿Tengo que olvidar mi condición de personaje si quiero ser protagonista? ¿Para acceder al mundo novelado, para ser aspirante a persona, para vivir: he de extraviar mis orígenes?».



(7) Agua y limones

Las últimas palabras de Índig me han dejado pensativa. «¿Condición de personaje, mundo novelado, extraviar mis orígenes?» Qué tenue me siento al pensar en ello… No sé por qué. Pero me mareo, la cabeza se me va, incluso me cuesta respirar. «Me» soy yo… «Ji-ji…» (Ese «ji» doble es una risilla metal.)
Bah, no le daré más vueltas. Me pareció un poco rara y es muuuy rara. Como yo también lo soy, pensé que podríamos congeniar, pero sus «rarezas» son inquietantes y no me interesan. Porque lo que yo necesito es estabilidad…
Regreso a casa. La familia está en la playa. Le echo un vistazo a la despensa. Ni un solo limón. Apenas medio litro de agua embotellada (sin cloro). Y me muero por una limonada casera.
Bajo al super playero. Ya no hace tanto calor y se nota en el ambiente: la gente estaba agobiada… Algo me mira y me ve. Un tiburón azul. Está llamando mi atención. Lo siento. («Vas progresando, chica, un trozo de plástico lleno de aire se ha fijado en ti.») Mi tiburón azul… Y me imagino sobre él, entre las olas, bien agarrada a sus asas.
Me cautivan sus pupilones negros: fijos en su burlona esclerótica amarilla. ¿Los ojos de los tiburones tienen esclerótica? Qué más da… Y esa sonrisa picarona… Lo cojo por el asa y me lo llevo. Un crío intenta quitármelo. Me parece que es un hinchable infantil. «¡Aparta, champiñón! Señora…»
Resulta difícil recorrer un super playero en pleno agosto con un tiburón de metro y medio que, además, cuenta con unas aletas considerables. Y desconfío. Algún bobo podría pinchármelo. Así que lo dejo en la caja y me voy sola a por el agua y los limones. Sola. Así me siento. ¿Puede un trozo de plástico hinchable hacerte compañía? Veremos… 
Al salir me arrepiento. He comprado una garrafa de cinco litros y el apartamente está a doscientos metros. Y la malla de limones también pesa. En cuanto a mi tiburón azul, es ligero pero… «(!)» Ese signo de exclamación entre parentesis entrecomillados compendia mi sentir, lo que he sentido al verle, el estremecimiento que me ha recorrido ¡entera! cuando ‛el chico’ ha surgido de la multitud.
Y yo de esta guisa… ‛Mi’ chico viene directo hacia mí y noto cómo mis piernas empiezan a temblar. Llega a mi altura. El instante se dilata, caminamos a cámara lenta, y… ¡él me mira y me ve! El tiempo se detiene. Como si estuviéramos dentro de una peli y el espectador congelara la imagen para disfrutarla en silencio. Sé que ha llegado mi momento, y le suelto:
«Vente a casa y verás mi ventilador, mi paquete de brown sugar, mis cubitos, mi exprimidor».
Contra todo pronóstico, se para en seco y replica:
«¿Qué?»
En vez de contestarle, me pierdo en sus ojos. Antes de que (yo) consiga reacccionar, coge el botellón de agua y el tiburón. Estamos frente a frente, ¿obstruyendo? un río de veraneantes paseadores. Veraneantes que antes me miraban y no me veían. ¿Me ven ahora? No lo sé ni me importa. De repente soy otra, y le digo:
«No quiero que te canses: los limones los llevo yo».



(8) ¿Me mimarás?

Caminamos sin hablar. Estoy azorada. Por lo de «no quiero que te canses». Por si lo ha entendido mal. Es tan difícil expresarse bien, utilizar las palabras adecuadas, el tono pretendido. Le he soltado eso de «los limones los llevo yo» porque le he visto demasiado dispuesto y no quería aprovecharme. Y porque no se me ha ocurrido otra cosa.
Pero podría pensar que lo necesito con toda su ‛potencia’. ¡Ja! Va listo: aún no lo he hecho y solo lo haré cuando la relación sea císnica. Después de tantos años de monotonía, no voy a estropear el momento presente ―mágico al fin― haciendo tonterías. Me siento como si acabara de renacer y oportunidades así solo se nos presentan una vez en la vida.
«¿Cómo te llamas?», me pregunta.
«Deg ―le respondo―. ¿Y tú?»
«Yow.»
Vaya nombre más raro. Él también es raro. Cabeza de calabacín (grande). Y todo lo demás pequeño. Los ojos, la nariz, la boca. Tiene los ojos achinados. Su cuerpo también es especial: delgado y flexible: parece un dibujo animado vivo. Lleva el pelo corto, peinado hacia atrás, y se le ensortija un poco. A mí me gusta mucho, este chico, pero no creo que tenga éxito con las chicas. ¡Espero que no lo tenga!
Entramos en le portal. Si intenta algo, le doy con los limones. Eso pienso. Sonrío. Porque el «eso pienso» lo utilizaba mucho Nino, el protagonista de ‛Después de Rita’, una novela genial que acabo de leer. Me la ha prestado Salvador, un escritor calpino que hace un par de semanas me dedicó uno de sus libros.
Me gusta Calpe. Estoy de vacaciones, sí, pero me gustaría quedarme para siempre. ‛Eso pienso’ mientras subimos las escaleras. Claro que hay ascensor, pero el tiburón no quería entrar. Me detengo delante de la puerta. Miro a Yow, que enseguida pone cara de pito. Se le da muy bien poner caras raras. Nos conocemos cinco minutos y ya ha puesto tres o cuatro. No sé muy bien lo que intenta transmitirme, pero me hace reír (o sonreír). Tal vez solo busca eso: arrancarme risas (o sonrisas).
«El coleccionista de risas (o sonrisas).»
Ahora me pregunto: ¿tengo bastantes registros como para coleccionarlos?, ¿debería concebir algunos más?, ¿me río y sonrío bien o debo perfeccionar mi técnica?
Sacudo la cabeza y entramos. Preparo limonada, nos servimos un vaso y guardamos el resto en la nevera. Pongo música. Los ‛Cien años’ de Prolýmbux. Una canción que me persigue. O tal soy yo quien va tras ella. Yow empieza a bailar. Baila sin bailar. Sin moverse. Vale, sí se mueve, lo estoy viendo, pero nadie más lo advertiría: los demás mirarían y remirarían sin reparar en un baile que él baila para sí mismo.
 Me pongo a bailar con ‛mi chico’. Nos reímos. Bailamos y reímos. Cuando empieza ‛Prefiero huir’, cambiamos el estilo. De repente, inesperadamente, me coge por la cintura y bailamos pegados. Pero enseguida me acuerdo de Sergio Dalma y ―poniendo cara de asco― le doy tres empujones.
«Ven aquí, chaval.»
Qué risas, qué flipada, qué mimos, qué calidad. Le suelto un «te quiero» y me replica que él más. Y en ese momento aparece mi padre (de ahora en adelante ‛el Sigiloso’), que ha entrado sin tocar. Mi hermano (de ahora en adelante el ‛Chivato’)  va tras él, y, nada más verme, grita:
«Ahí está».
Me siento morir. ¿Acaso ha estado siguiéndome, ese enano chivato? Porque es la primera vez que salgo con un chico y ya me han pillado. El ‛Sigiloso’ se encara con Yow. No sé qué le está diciendo, mi cabeza está ocupada con asuntos más importantes, pero colijo que le está echando. Miro a ‛mi chico’ y descubro una sonrisa burlesca que me sorprende y complace: el ‛Sigiloso’, más que amedrentarle, le da risa. Acaban de ‛conocerse’ y ya le ha calado, ya sabe que es un payaso.
Me siento crecer. Al lado de Yow soy otra. Mi momento ha llegado y no dudo en pedirle:
«Sácame de aquí, Yow. Vámonos. ―Y como no reacciona―: No puedo respirar. Chíflate por mí. Fuguémonos. ―Y como sigue sin reaccionar―: ¡Chaval!, despabílate por mí».
Y entonces mi padre y mi hermano se ponen a gritar, y tratan de cogerme, pero Yow los empuja y salimos corriendo, chocando, riendo, lamiendo nuestra libertad.
Ya en la playa, le beso, le miro, pregunto:
«¿Me mimarás?».


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